Lecturas obligadas

Tengo una vieja edición de “Ulises”, editada por Lumen y traducida por José María Valverde, escondida desde hace años en algún lugar del trastero. Es ahí donde se encuentran algunos de los libros más preciados, y también de aquellos que me llevan acompañando desde mis inicios como lector. He pensado en alguna ocasión en trasladar un viejo sofá a dicho trastero pero no creo que mis vecinos lo vieran muy adecuado aunque a ellos, diréis, que les importa, ¿verdad?. Si mis vecinos “acumulan” botellas de vino, yo…. Papeles y libros.
Lo cierto, volviendo al “Ulises”, es que tengo especial cariño a esa vieja edición de “Ulises”, ya que la compré en el rastro de Oviedo, vendito bazar, hace más de 35 años. Y creo que ha llegado el momento de leerlo. O releerlo, no sé. Por edad, por madurez literaria y por aquello de escoger a partir de ahora muy, muy bien las lecturas. Por eso junto con “Ulises” leería o releería “En busca del tiempo perdido”, los siete tomos de Marcel Proust en traducción por ejemplo de Pedro Salinas, “Los Mandarines” de Simone de Beauvoir, novela con la que me topé con 20 años disfrutando de una semana de acampada en las Islas Cies, y posiblemente retornara a la de
Es un buen plan.
El “Ulises” puedo decir que lo leí con 17 años. Ahí es nada. Por cabezonería. Eran tiempos en los que devorábamos cuanto caía en nuestras manos, y no podían ser menos los avatares de Leopold Bloom y de Stephen Dedalus el 16 de junio de 1904. El conocido como bloomsday. Pero estoy convencido, que, cuando lo retome hoy en día, me percataré, por fin, que el gran protagonista de la novela no es Bloom, o Dedalus, es el lenguaje en sí mismo. Ese monólogo interior de Molly Bloom que tanto hemos estudiado, que tan poco hemos comprendido, con sus reminiscencias freudianas.
Ese es el plan. Un buen plan.
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