Tom Sawyer
Mark Twain
Espasa – Barcelona
- 2008
&
Huckleberry Finn
Siempre fui más del Gordo que del Flaco, de Zape que de Zipi, de Los siete secretos que de Los cinco. Que le voy a hacer. Siempre
fui más de los perdedores que de los ganadores o si se quiere, de los segundos
que de los primeros. Y como no podía ser menos, ya cuando de pequeño leía
aquellas maravillosas adaptaciones juveniles entre las que se encontraban Las
aventuras de Tom Sawyer, ya entonces, decía, decidí que sería más de Huckleberry
Finn que de Tom Sawyer. No lo podía evitar. Pero lo cierto es que vuelve el
profundo sur de los Estados Unidos, el de La
cabaña del Tío Tom, otro clásico de mi adolescencia, vuelven esos esclavos tiernos y dulces, “los negritos” como dice Mark Twain, encalando las vallas de sus amigos los blancos, vuelve el viejo Misissippi
y la nostalgia nos retrotrae a una época de nuestra infancia en la que todo era
mucho más sencillo. Incluso entender las lecturas. Tom Sawyer es un pícaro que
acostumbra a hacer novillos en la escuela, que se reta con los forasteros, generalmente
a una pelea, claro, y que entiende un mundo en el que los negros, aunque compañeros
de travesuras, son esclavos. Huckleberry Finn es el nuevo Lazarillo, vive en la
calle y es uno de esos personajes colaterales que creados por Mark Twain
llegaron a tener su propia vida y desarrollo. Es muy posible que Huckleberry
Finn existiera, al igual que Tom, que no sólo fueran creaciones del escritor. Y
hasta es probable que llegara a fagocitarlos, y se convirtieran cual Jeckill and Hyde en una mezcla de ambos.
En Huck & Tom o Tom & Huck.
Da igual. Lo que es seguro es que muchos de nosotros no podemos separar las
vacaciones estivales de las lecturas de las aventuras de los dos sureños
amigos, tomando prestado cuanto encontraban en los alfeizares de las ventanas o
escudriñando en las más inhóspitas cuevas. Los recuerdos son imborrables, y Tom
Sawyer y Huckleberry Finn forman parte de ellos.
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